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El Equinoccio de Otoño
Su Importancia Espiritual

EN TODAS LAS ANTIGUAS
RELIGIONES, la festividad gira
marcada por el Sol en los puntos
equinoccial y solsticial del zodíaco,
siempre se ha considerado estaciones
santas. Incluso, una aproximación a ésta
clase de estudio, no implica que
aprendamos una nueva fe; sino que
únicamente estamos reaprendiendo algo
muy viejo.
En el antiguo Egipto, tales fiestas
eran famosas porque se celebraban con
gran pompa y espectáculos; y en las
impresionantes procesiones, los sacerdotes
cargaban los libros santos de astrología.
Estos sacerdotes enseñaron; que tanto
Libra como Escorpión, era signos del
equinoccio de otoño. Las almas, según sus
creencias, descendían atravesado la
serpiente, para ser regeneradas en el
equinoccio vernal por el poder del
Cordero. Lo cual es una íntima
aproximación que notamos, de nuestras
actuales enseñanzas Cristianas.

En Egipto, el origen de mal también se le atribuía al equinoccio de otoño. Ya que
sostenía que dicha estación introduce el frío y la oscuridad del invierno; también trae consigo,
la tentación y el pecado al hombre.
Todos han adorado a un dios; cuya fortaleza y debilidad se manifiestan mediante los
símbolos de la luz y la oscuridad. Los cuales se alternan con el calor y el frío; como una
señal, del pasaje del Sol a través de los doce signos del zodíaco. Antes del establecimiento del
Imperio Griego, Hércules, fue venerado por centenares de años por realizar sus doce labores.

Las cuales describen, el paso con precisión del
Sol, a través de los doce signos del zodíaco. Así
también; Jacobo y sus doce hijos, hicieron el
trabajo, presente en la Biblia.
El equinoccio de otoño era celebrado por
los antiguos Hebreos, y se encuentra
referenciado en el Viejo Testamento, como la
Fiesta de los Tabernáculos, o la Fiesta de la
Recolecta. En nuestras Escrituras cristianas,
notamos también a Ezequiel, relatando a las
doncellas de Israel, quienes lloraban y
buscaban en el norte, el regreso de Tharnuz, o
el Dios Sol Sirio. Además, astrológicamente el
asesinato de Hiram Abiff, es una historia del
equinoccio del otoño. Los tres asesinos son:
Libra, Escorpio y Sagitario. Hiram, es el Sol
que emerge en el equinoccio vernal, por la
palabra del Maestro; o cuando el Sol se pone,
en Aries.
Muchas historias de escritores ocultistas,
han dado a las fiestas solares, el punto de vista
astronómico. Pero interpretar su significado
espiritual y cristiano, se ha convertido en la
tarea de nuestra Escuela de Misticismo
Cristiano.
El Cristo, es un símbolo cósmico; y Su
vida, se perfila en estas fiestas solares. La
iniciación, es un proceso cósmico en desarrollo.
El hombre; es un epítome, de Dios. Como es arriba, es abajo.
Cada persona es un Cristo en proceso; y las estrellas, contienen una anticipada biografía
de nuestras propias vidas. El despertar del Cristo interior, constituye la perfecta consumación
de nuestra presente fase evolutiva.
En el momento del equinoccio vernal, cuando la iglesia cristiana celebra la Pascua, el
Sol cruza el ecuador desde el sur, hacia las latitudes norteñas. Este evento, que los Rosacruz
reconocen como el tiempo de la Gran Liberación, es cuando el Espíritu del Sol; el Cristo, se
ubica libre de sumisión, en la Tierra.

En el solsticio de verano, cuando el Sol entra en el punto más alto de su declinatoria
norteña, se sitúa en Cáncer, el gran signo femenino de agua. Es cuando a la sazón, el Espíritu
de Cristo alcanza el trono del Padre, para bañarse en el éxtasis de Su vibración. Luego, el Sol
pasa a Leo, el gran masculino y ardiente signo. Para los cristianos místicos; esto de hecho, es
una época santa.
Durante los meses de julio y agosto, o en el momento del paso del Sol de Cáncer a Leo,
el Espíritu de Cristo se mezcla con los principios del fuego y el agua en la renovada, radiante
y gloriosa vida espiritual del cuerpo que Él está construyendo; para regalárselo a la Tierra, en
la Noche Santa o la temporada del solsticio invernal. Ése gran cuerpo de luz, suministrado de
por vida por Cristo, ondea, evoluciona y se sostiene todo el año sobre el planeta (Mineral,
vegetal, animal y humano). San Pablo, declaró una oculta y profunda verdad cuando dijo: “En
Él, vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”.
Cuando el Sol entra en Virgo, ese gran Rayo descendente de vida toca los reinos
superiores de la Tierra. Los místicos y sensibles perciben conscientemente una tierna y
reflexiva piedad, con una sagrada y etérea belleza que envuelve toda la naturaleza, cuando el
Sol entra en el signo de Virgo, de la madre divina. Durante dicha estación, toda la naturaleza
se esparce con un amor abrumador y sublime gloria por su gran sacrificio anual, en pro de la
humanidad.
En las palabras de Longfellow; es el tiempo durante el cual, el aire está lleno “con una
luz soñadora y mágica”. Y cuando el gran Sol, mira abajo “con el ojo del amor a través de los
dorados vapores a su alrededor”.
Muchos otros poetas han respondido inconscientemente a esta verdad oculta, y nos han
dado encantadores peajes a la gloria; y a la pensativa tristeza, del tiempo de otoño.
¡Otoño Divino! quien pudiera pintarte mejor,
Quien presume tu segura corona, tu favorita cima,
Señala uno.
También Lucy Larcom, en su poema titulado El Verano Indio; dio algo de voz, a ésta
interna gloria, con hermosas líneas:
A su féretro,
Viene el año,
No para llorar y apenarse como los mortales hacen,
Sino, para encauzarse en su camino,
Todos los árboles, tienen las antorchas encendidas.

En la iglesia ortodoxa nos lamentamos,
oramos y lo alabamos; porque Él, murió una
vez por nosotros en la cruz.
En la concepción más amplia de la
Cristiandad, creemos comprender por qué Él
se sacrifica anualmente por nosotros; y por
qué Él debe continuar haciéndolo, hasta que
hayamos aprendido a desarrollar los poderes
del Cristo, interiormente. Sólo de esta
manera, podemos ayudar a Su final y
completa liberación. Cuando el Sol entra en
Libra, este Rayo de la energía de Cristo,
definitivamente toca la superficie de la
Tierra. Esa es la gran influencia que los
místicos observadores Cristianos tan
reverentemente hacen, en el equinoccio de
otoño.
Los importantes eventos en la vida de
Cristo, se encuentra en perfecta armonía con
los significados espirituales de esos regulares
grandes puntos, que llamamos estaciones. En
los santos regocijos de la Anunciación;
encontramos similitud, con los secretos de la
nueva vida del equinoccio vernal. En el santo
misterio de la Inmaculada Concepción; el
Sol, toca la atmósfera de la Tierra. En el
equinoccio de otoño; y en el solsticio
invernal, celebramos el Nacimiento Santo, o
la estación de la Navidad.
Libra, es el lugar de la comprobación o
rueda del equilibrio. Saturno, exaltado en
Libra, traslada a la Tierra la oscilación de la
oscuridad; y también, origina que el hombre
sea probado al extremo. Pero como Venus es
el planeta del amor; y también regente de
Libra, hallamos que por gracia de la divina
providencia, sabiduría e infinita misericordia
de Dios, también se proporcionan los medios
de escape, para cada tentación que nos trae el Gran Probador.

Cuando el Sol pasa del vernal al equinoccio de otoño; o de Aries a Libra, la Energía de
Cristo trabaja sobre las más altas capas de la Tierra. Cuando el Sol transita desde el otoño al
equinoccio vernal; o de Libra a Aries, la Fuerza de Cristo actúa a través de las capas físicas o
materiales del planeta.
Cuando meditamos devotamente sobre éstas sublimes y espirituales verdades,
descubrimos un nuevo significado más profundo y más santo, en la final bendición de Cristo
dada simplemente antes de la Ascensión, cuando Él dijo: "¡Mira!, yo siempre estaré con
ustedes; incluso, hasta el final del mundo".


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